
¿No sería maravilloso que todo el mundo nos tratase amablemente? ¿Cuántas veces al tener que tratar con una persona, por cualquier motivo, nos sentimos disgustados y fastidiados por la manera en que se dirige a nosotros? Sin embargo, eso podría cambiar si entendiésemos un sencillo principio: los demás nos tratarán de la misma manera que nosotros los tratemos a ellos. Pero no es suficiente con entender este principio, sino que además deberíamos esforzarnos por ponerlo en práctica en nuestra vida cotidiana; y persistir en esa práctica.
Pensemos un poco: ¿qué es lo que se desprende de nosotros cuando hacemos contacto con nuestros semejantes? ¿somos secos, tajantes, hostiles, irónicos…? ¿qué creen ustedes que los demás harán con nosotros en esa misma situación? Obviamente, nos devolverán el “cachetazo” y tal vez agreguen algo más por su propia cuenta. Lo mismo que damos es lo que recibimos. Si de nosotros sale una sensación de disgusto y rechazo, esto es lo mismo que las otras personas experimentarán respecto de nosotros. Y cuidado que aquí no cuentan solamente las palabras que digamos, sino algunas otras cosas.
Hay un lenguaje que no es verbal, sino corporal. La expresión del rostro, la postura del cuerpo, el movimiento o posición de las manos, son señales inconscientes que muchas veces nos traicionan. Habrá que estar alertas porque hay ocasiones en que nuestro leguaje verbal va para un lado, y nuestro lenguaje corporal va en otra dirección. Además, al ser inconsciente, el lenguaje corporal generalmente está revelando lo que realmente sentimos y pensamos. Por ese motivo es que la expresión del cuerpo tiene tanta preponderancia en la comunicación interpersonal.
El tono de lo que se dice, el cómo se dicen las cosas, tiene además una importancia singular en la percepción de las otras personas….y obviamente en la respuesta que recibiremos. Uno puede estar diciendo frases amables pero con un tono desafiante, y lo que se percibirá la otra persona será el gesto hostil mientras que las palabras no serán escuchadas.
Algunas veces uno quiere ser correcto y por corrección peca de poco amable, desagradable y hasta alguna expresión puede resultar agresiva para nuestro interlocutor. ¡Debemos ser muy cuidadosos de lo que decimos, de cómo lo decimos, y de nuestros gestos corporales! Es fácil imaginar la importancia que estas breves reflexiones tienen en el mundo de los negocios, en especial cuando de ventas se trata. La interacción entre las personas es permanente; el diálogo es la fuente de nuestros negocios, ya sea para aprender, para enseñar, para disuadir, para estimular, para transmitir, para realizar seguimiento de una gestión. Para nuestra relación con prospectos, usuarios y potenciales clientes.
Alguna vez grabé un mensaje en el contestador telefónico de mi casa, apreciando - desde mi enfoque personal - que lo había realizado con toda profesionalidad. Me escuché un par de veces y quedé conforme. No pasaron 24 horas antes que alguien de mi familia me dijera: “Tu mensaje suena muy duro, poco amable; yo cortaría la comunicación abruptamente”. El comentario me pareció exagerado; no obstante lo cual volví a escuchar la grabación, inclusive llamando desde mi celular, y luego de oír mi tono de voz tres ó cuatro veces…¡me di cuenta que el comentario era acertado! Si nadie me hubiese llamado la atención sobre este asunto, habría quedado grabado un mensaje seco, tajante, tal vez muy profesional pero para nada amigable.
Cuenta el amigo Enrique Mariscal, un preponderante filósofo y catedrático argentino, en su libro “El Poder de la Palabra Creadora”, una desopilante historia relacionada con un ejecutivo que quiso ser absolutamente formal y preciso, desatendiendo los aspectos relacionados con la amabilidad y la cordialidad. Esto ocurrió:
El presidente de uno de los bancos más importantes del mundo se internó de urgencia en el Hospital Central. El vicepresidente del prestigioso complejo de negocios financieros, fue a visitarlo a la sala: “Quiero expresarle, señor Director, el deseo de nuestro Plenario de Accionistas para que usted recobre prontamente la salud y viva cien años. Es una resolución oficial, aprobada por una mayoría de 15 votos a favor, 8 en contra y 9 abstenciones”.
Así como ciertos medicamentos son calmantes y otros pueden quitar la vida, así algunas palabras alegran, otras afligen, otras…aterran! Una sonrisa provoca una sonrisa en el otro; un bostezo otro bostezo; una tos muchas toses. Un aplauso, dos aplausos, cien, miles. La complementariedad de gestos en la comunicación, es ciertamente ineludible. No perdamos de vista, entonces, lo que nuestro lenguaje verbal y gestual pueden generar en los demás. Dice un proverbio japonés: “Puedes aplastar a una persona, solo con el peso de tu lengua”.
