
El tema de la dinámica grupal es realmente fascinante. En el mundo empresario del siglo XXI la tarea realizada por equipos efectivos se ha convertido en una necesidad vital, máxime cuando se deben enfrentar problemas tan complejos como la actual crisis global.
Creo que resultará interesante que analicemos las primeras etapas de la conformación de un equipo, momento en el cual las percepciones individuales juegan un rol muy particular. No me agradan las generalizaciones, y menos aun en los negocios, pero sociológicamente, lo que comento más adelante, es lo más parecido a lo que ocurre cuando un grupo de personas comienza a virar hacia la conformación de un equipo, siempre – se entiende – alrededor de alguien que merece, ambiciona o aspira ejercer el liderazgo. Inclusive la reflexión es válida también para cuando nuevos integrantes de un grupo buscan “encajar” en ese engranaje humano.
1.- Formación: En esta etapa, la mayoría de los nuevos integrantes se atrincheran en su individualidad, poniendo en juego todo tipo de defensas para protegerse del “otro”. Se preocupan por la impresión que producen en los demás, por averiguar de qué manera pueden seducirlos e impresionarlos, y sobre todo cómo pueden evitar o atenuar las posibles “amenazas” que puedan herir su autoestima. Les obsesiona no aparecer como tontos o quedar en ridículo. Para lograr esa protección, se ponen en juego todo tipo de comportamientos: algunos se mantendrán reservados, otros sondearán el terreno con bromas irónicamente agresivas, algunos demandarán que su mentor o el líder les marque cada paso, no faltará quien se muestre cínico, los que busquen establecer lazos de complicidad con otros miembros del grupo, y hasta quienes hablen sin parar de sus experiencias pasadas o presentes.
2.- Comprensión del proyecto: Los nuevos miembros necesitan altas dosis de información, de paciencia por parte de sus líderes o mentores para la búsqueda de las habilidades y el rol de cada uno, conocimiento de las expectativas y sueños que movilicen a los nuevos hacia la concreción del proyecto grupal. Deben esclarecerse casi con detalles de exquisitez las reglas de juego de la interacción, las metas grupales e individuales, y el manejo de los tiempos y la agenda. A toda costa se deben evitar las “zonas grises”, las ambigüedades, las medias verdades (que nunca son verdades completas), la información fragmentada. Si no hay una buena información, y no se considera la participación de cada cual en el proyecto; cualquiera fuere el rol que se le proponga, será complicado lograr compromiso por parte de esas personas. Se sentirán fuera del proyecto, y su percepción hará que se comporten como simples espectadores. En esta etapa es primordial el establecimiento de un diálogo frecuente y abierto entre todos los miembros del grupo.
El diálogo y la percepción de la realidad: Algunos escépticos, como Ambrose Bierce, afirman irónicamente que “el diálogo es una antigua invención para la convivencia, hoy olvidada”. El diálogo para la construcción del equipo es fundamental, vital. El diálogo es la práctica de la palabra compartida, es el ejercicio de la igualdad en la relación, como lo expresa el sociólogo y filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov:
“La palabra que le dirijo al otro, la necesidad que tengo de ser reconocido por el otro, testimonia mi presencia y al mismo tiempo establece la suya, reconoce la discontinuidad y también la semejanza o la disparidad de nuestros discursos. Para escuchar lo que el otro me dice, debo callarme, como él lo deberá hacer a su vez, cuando sea mi turno de hablar”
Creo que la definición es clarísima. Pues bien, el diálogo consiste, por una parte, en superar la comprensión limitada de un solo individuo, superando las posibles limitaciones e incoherencias de su pensamiento y en lograr una comprensión más profunda de los temas concernientes al grupo. Para lograr esa integración, deberemos reconocer que en todas las ideas aportadas hay un valor, y que ellos sumados a los nuestros sintetizarán en una fuerza que ya he mencionado en mis seminarios de Trabajo en Equipo, casi hasta el aburrimiento: la sinergia.
¿Entonces, el “otro” no tiene toda la culpa, ni siquiera la responsabilidad…? Obviamente que no. El otro, dentro de un equipo en formación, es una parte mía. Es quien complementa, con su percepción, mi propia percepción. Mejor se comprenderá este tema con la inclusión de una vieja y conocida fábula:
Mi percepción de la realidad es nada más que eso: MI percepión de la realidad”
Había una vez, en la India, cuatro ciegos que no conocían al elefante. Cansados de oír hablar de una realidad para ellos desconocida, se pusieron en marcha dispuestos a llegar a las tierras donde habitaba ese extraño animal. Finalmente se toparon con él. El primero de los ciegos abrazó su pata y exclamó: “El elefante es como la columna de un templo, redonda y sólida”. El segundo se apoyó sobre su panza y dijo: “El elefante es como una pared, erguida y consistente”. El tercero, tomando su trompa dictaminó: “El elefante es como una serpiente gruesa y flexible”. El cuarto, palpando una oreja, añadió: “El elefante es como un gran abanico… sientan como mueve el aire”. Columna, pared, serpiente, abanico. Todos puntos de vista. Opiniones. Sin embargo, más allá de la percepción de cada uno de los cuatro ciegos, se alzaba toda la entera realidad del elefante.
Cada uno de los ciegos seleccionó, organizó e interpretó su realidad. Se basaron para ello en sus experiencias, en sus expectativas, en sus temores; y no podía ser de otra manera. Se basaron, sin saberlo, en sus modelos mentales; esos modelos fueron potentes filtros, potentes códigos internos que provocaron que cada ciego decodificara de forma diferente la realidad y consiguiera, por lo tanto una comprensión distinta y limitada de la misma. La fábula podría concluir con dos finales diferentes. Elijan:
1.- Que los ciegos se pusieran a discutir sosteniendo cerradamente cada uno SU teoría, hasta bloquear toda posibilidad de llegar a un acuerdo.
2.- O bien que dialogaran sobre la parte que percibió cada uno, y luego sintetizaran para crear una imagen más o menos cercana a lo que verdaderamente es un elefante
Cuando el ser humano actúa como los ciegos de la fábula con el final número 1, destruye todo atisbo de armonía social y grupal, bloqueando todo esfuerzo de colaboración y por ende de la estructuración de un equipo. Sirva esa fábula para ayudarnos a desconfiar de las teorías basadas exclusivamente en nuestras verdades, en nuestras percepciones, en nuestros prejuicios… y que optemos por dialogar, como en el final número 2.
“Yo tengo la razón y la culpa la tiene el otro; el problema radica en que para el resto del mundo,
¡yo soy uno de esos “otros”!
En los equipos en formación ocurre algo parecido: Si se discute cerradamente depositando en el otro todas las percepciones erradas, se quebrará la armonía y no habrá conclusión posible. Si se dialoga y aportan las distintas percepciones, complementándose hasta lograr una síntesis aproximada a la verdad, habrá mutuo crecimiento y se alcanzarán resultados positivos. Acuérdense de la columna, la pared, la serpiente, el abanico….y el elefante!
Creo que resultará interesante que analicemos las primeras etapas de la conformación de un equipo, momento en el cual las percepciones individuales juegan un rol muy particular. No me agradan las generalizaciones, y menos aun en los negocios, pero sociológicamente, lo que comento más adelante, es lo más parecido a lo que ocurre cuando un grupo de personas comienza a virar hacia la conformación de un equipo, siempre – se entiende – alrededor de alguien que merece, ambiciona o aspira ejercer el liderazgo. Inclusive la reflexión es válida también para cuando nuevos integrantes de un grupo buscan “encajar” en ese engranaje humano.
1.- Formación: En esta etapa, la mayoría de los nuevos integrantes se atrincheran en su individualidad, poniendo en juego todo tipo de defensas para protegerse del “otro”. Se preocupan por la impresión que producen en los demás, por averiguar de qué manera pueden seducirlos e impresionarlos, y sobre todo cómo pueden evitar o atenuar las posibles “amenazas” que puedan herir su autoestima. Les obsesiona no aparecer como tontos o quedar en ridículo. Para lograr esa protección, se ponen en juego todo tipo de comportamientos: algunos se mantendrán reservados, otros sondearán el terreno con bromas irónicamente agresivas, algunos demandarán que su mentor o el líder les marque cada paso, no faltará quien se muestre cínico, los que busquen establecer lazos de complicidad con otros miembros del grupo, y hasta quienes hablen sin parar de sus experiencias pasadas o presentes.
2.- Comprensión del proyecto: Los nuevos miembros necesitan altas dosis de información, de paciencia por parte de sus líderes o mentores para la búsqueda de las habilidades y el rol de cada uno, conocimiento de las expectativas y sueños que movilicen a los nuevos hacia la concreción del proyecto grupal. Deben esclarecerse casi con detalles de exquisitez las reglas de juego de la interacción, las metas grupales e individuales, y el manejo de los tiempos y la agenda. A toda costa se deben evitar las “zonas grises”, las ambigüedades, las medias verdades (que nunca son verdades completas), la información fragmentada. Si no hay una buena información, y no se considera la participación de cada cual en el proyecto; cualquiera fuere el rol que se le proponga, será complicado lograr compromiso por parte de esas personas. Se sentirán fuera del proyecto, y su percepción hará que se comporten como simples espectadores. En esta etapa es primordial el establecimiento de un diálogo frecuente y abierto entre todos los miembros del grupo.
El diálogo y la percepción de la realidad: Algunos escépticos, como Ambrose Bierce, afirman irónicamente que “el diálogo es una antigua invención para la convivencia, hoy olvidada”. El diálogo para la construcción del equipo es fundamental, vital. El diálogo es la práctica de la palabra compartida, es el ejercicio de la igualdad en la relación, como lo expresa el sociólogo y filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov:
“La palabra que le dirijo al otro, la necesidad que tengo de ser reconocido por el otro, testimonia mi presencia y al mismo tiempo establece la suya, reconoce la discontinuidad y también la semejanza o la disparidad de nuestros discursos. Para escuchar lo que el otro me dice, debo callarme, como él lo deberá hacer a su vez, cuando sea mi turno de hablar”
Creo que la definición es clarísima. Pues bien, el diálogo consiste, por una parte, en superar la comprensión limitada de un solo individuo, superando las posibles limitaciones e incoherencias de su pensamiento y en lograr una comprensión más profunda de los temas concernientes al grupo. Para lograr esa integración, deberemos reconocer que en todas las ideas aportadas hay un valor, y que ellos sumados a los nuestros sintetizarán en una fuerza que ya he mencionado en mis seminarios de Trabajo en Equipo, casi hasta el aburrimiento: la sinergia.
¿Entonces, el “otro” no tiene toda la culpa, ni siquiera la responsabilidad…? Obviamente que no. El otro, dentro de un equipo en formación, es una parte mía. Es quien complementa, con su percepción, mi propia percepción. Mejor se comprenderá este tema con la inclusión de una vieja y conocida fábula:
Mi percepción de la realidad es nada más que eso: MI percepión de la realidad”
Había una vez, en la India, cuatro ciegos que no conocían al elefante. Cansados de oír hablar de una realidad para ellos desconocida, se pusieron en marcha dispuestos a llegar a las tierras donde habitaba ese extraño animal. Finalmente se toparon con él. El primero de los ciegos abrazó su pata y exclamó: “El elefante es como la columna de un templo, redonda y sólida”. El segundo se apoyó sobre su panza y dijo: “El elefante es como una pared, erguida y consistente”. El tercero, tomando su trompa dictaminó: “El elefante es como una serpiente gruesa y flexible”. El cuarto, palpando una oreja, añadió: “El elefante es como un gran abanico… sientan como mueve el aire”. Columna, pared, serpiente, abanico. Todos puntos de vista. Opiniones. Sin embargo, más allá de la percepción de cada uno de los cuatro ciegos, se alzaba toda la entera realidad del elefante.
Cada uno de los ciegos seleccionó, organizó e interpretó su realidad. Se basaron para ello en sus experiencias, en sus expectativas, en sus temores; y no podía ser de otra manera. Se basaron, sin saberlo, en sus modelos mentales; esos modelos fueron potentes filtros, potentes códigos internos que provocaron que cada ciego decodificara de forma diferente la realidad y consiguiera, por lo tanto una comprensión distinta y limitada de la misma. La fábula podría concluir con dos finales diferentes. Elijan:
1.- Que los ciegos se pusieran a discutir sosteniendo cerradamente cada uno SU teoría, hasta bloquear toda posibilidad de llegar a un acuerdo.
2.- O bien que dialogaran sobre la parte que percibió cada uno, y luego sintetizaran para crear una imagen más o menos cercana a lo que verdaderamente es un elefante
Cuando el ser humano actúa como los ciegos de la fábula con el final número 1, destruye todo atisbo de armonía social y grupal, bloqueando todo esfuerzo de colaboración y por ende de la estructuración de un equipo. Sirva esa fábula para ayudarnos a desconfiar de las teorías basadas exclusivamente en nuestras verdades, en nuestras percepciones, en nuestros prejuicios… y que optemos por dialogar, como en el final número 2.
“Yo tengo la razón y la culpa la tiene el otro; el problema radica en que para el resto del mundo,
¡yo soy uno de esos “otros”!
En los equipos en formación ocurre algo parecido: Si se discute cerradamente depositando en el otro todas las percepciones erradas, se quebrará la armonía y no habrá conclusión posible. Si se dialoga y aportan las distintas percepciones, complementándose hasta lograr una síntesis aproximada a la verdad, habrá mutuo crecimiento y se alcanzarán resultados positivos. Acuérdense de la columna, la pared, la serpiente, el abanico….y el elefante!

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