
La contundencia del titular, es posible que a alguien le resulte demasiando drástico, pero la realidad nos indica que en los negocios, como en la vida, es así de sencillo: Nadie puede arreglárselas solo.
Así como en el mundo empresarial está avanzando a pasos agigantados el trasiego del gerente basado en el modelo mando-control, hacia el lider coach, así también transcurre la fuerte tendencia desde el trabajo por compartimentos estancos, hacia la tarea grupal, el trabajo en equipo.
En el marketing de redes, que es mi especialidad, el trabajo en equipo es algo tácito, innecesario de explicar porque es la esencia misma del sistema de comunicación, enseñanza y acción dirigida a producir resultados. A priori deben respetarse algunos valores fundamentales para que un grupo de personas se convierta en un verdadero equipo:
1.-El valor de la dignidad: Es necesario reconocer y proclamar la dignidad de cada uno de los individuos con los cuales, de uno u otro modo, uno deberá relacionarse. Dignidad que no es solo la bella palabra con la que suelen hacerse discursos políticos, sino que fundamentalmente, es el conjunto de conductas y comportamientos que reconocen que no hay nada más digno de aprecio y respeto que cada una de las personas que conforman el escenario grupal, cualquiera fuere su nivel.
2.-El valor de la consideración: Es un valor que nace del convencimiento que las otras personas son seres con necesidades y deseos, tanto o más frágiles que nosotros. Consideración que debe llevarnos a ponernos, cuando sea preciso, en el lugar del otro y tratar de sentir lo que el otro siente. Este valor es muy importante cuando surgen las naturales disidencias, ayudando a eliminar la hostilidad, agresividad y la virulencia verbal en las relaciones sociales. Decía Ghandi que “si cada enemigo se pusiese tan solo diez minutos en los zapatos del otro, no existirían las guerras”.
3.- El valor de la tolerancia: Este valor supone apertura y un mínimo de generosidad. Es el reconocimiento y la valoración de las diferencias individuales, de la riqueza en la inteligencia de los diferentes. Toda la naturaleza nos demuestra del modo más elocuente, que su complejo equilibrio (que no siempre el hombre respeta) y el éxito de la supervivencia, radica en la integración de una variedad de elementos muy diferentes pero cooperativos. El éxito de un equipo depende, en gran medida, de su capacidad para alentar la expresión de las diferencias individuales y para descubrir, creativamente, los modos en que éstas pueden enriquecer el trabajo y los resultados comunes.
4.- El valor de la responsabilidad: Debe incluirse una aguda conciencia de compromiso, responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a todas aquellas personas que estarán siendo afectadas – sin lugar a dudas – por nuestras conductas, comportamientos o decisiones. El entramado que forma un grupo social con pretensiones de convertirse en un equipo, debe ser sustentado por la responsabilidad y compromiso individuales, trabajando a favor de la causa común. De otra manera, sin compromiso ni responsabilidad, el grupo no pasará de ser un mero conjunto de personas…sin llegar a ser un equipo.
Louis Binstock, un rabino de la ciudad de Chicago, contaba una historia conmovedora relacionada con la cooperación fraternal para alcanzar logros.
Allá por el siglo XV vivía en una pequeña aldea cercana a la ciudad de Nuremberg una numerosa familia que tenía 18 hijos. A pesar de las dificultades que atravesaba para su subsistencia, dos de los hijos tenían un sueño: desarrollar su talento artístico aprendiendo artes plásticas. Después de muchas conversaciones, el padre y estos dos hijos llegaron a un acuerdo: uno de ellos trabajaría en las minas de la comarca y con sus ingresos sostendría los estudios de su hermano en la Academia. Luego, cuando su hermano hubiera concluido su formación, mantendría los estudios del anterior, con la venta de sus obras artísticas, o trabajando en las minas si fuese necesario. Lanzaron una moneda al aire y Albrecht Durer fue el ganador, mientras que su hermano Albert tuvo que bajar a las peligrosas minas, y durante los siguientes cuatro años sostuvo los estudios de su hermano.
Los aguafuertes, grabados y óleos de Albrecht Durer eran realmente muy buenos y apreciados, y cuando se graduó en la Academia ya estaba en condiciones de venderlos y sostener los estudios de Albert. Cuando el exitoso artista regresó a su aldea hubo una gran fiesta familiar, Albrecht realizó un brindis por su hermano y concluyó: “Ahora Albert, bendito hermano, te toca a ti; podrás ir a la Academia en Nuremberg a realizar tu sueño, que yo me ocuparé de ti”. Todas las cabezas se volvieron hacia donde estaba Albert, y éste, sollozando, se puso de pie diciendo: “No hermano. No puedo. Es demasiado tarde para mi. ¡Mira lo que cuatro años en las minas han hecho de mis manos!”. Los huesos de cada dedo aplastados y un temblor que ni siquiera le permitía sostener un vaso de agua en sus manos, sus dedos flacos y su piel arrugada, fueron la respuesta.
Han pasado casi quinientos años, cientos de obras han sido creadas con singular maestría por Albrecht Durer (1471-1520): Los cuatro jinetes del Apocalipsis; El caballero, la muerte y el diablo; San Jerónimo en su retiro; retratos, bocetos al carbón, grabados en madera se exhiben en los grandes museos del mundo, pero ninguna obra se dibujó tan magistralmente ni trasmite tanta fuerza como la que dedicó a su hermano, dibujando sus maltrechas manos, con las palmas juntas y sus delgados dedos apuntando hacia el cielo. Llamó a esa pintura simplemente “Manos”. Y hoy todos los entendidos del mundo observan fascinados esa gran obra maestra, pero no muchos conocen la verdadera historia sobre la cual se inspiró.
Damos por supuesto que no es necesario pasar por tan tremenda experiencia para contribuir a la formación de un equipo, pero quise incluir ese admirable y emotivo relato, para que sirva de inspiración a quienes aspiremos a formar un verdadero equipo de trabajo.
Siempre será preciso, en esos casos, hacer la contribución de nuestro aporte, y sostener un elevado grado de compromiso personal y grupal, para poder a nuestra vez favorecernos de los conocimientos de cada integrante del equipo, y la contribución individual que pueda hacer cada miembro del grupo.
El espíritu de equipo es lo que da a muchas compañías una enorme ventaja sobre sus competidoras; en realidad, puede ser la diferencia entre el éxito y el más estrepitoso de los fracasos. Una vez obtenido el consenso previo para caminar en dirección a una visión compartida, los resultados de una tarea grupal con respecto al sistema de “compartimentos estancos”, en algunos casos serán de una efectividad sorprendente.
Finalmente, dos aspectos son esenciales y deben ser tenidos muy en cuenta para que el equipo direccione sus energías en una fuerza sinérgica, mediante la cual se obtengan resultados genuinamente exitosos:
a.- Preservar y cultivar los valores que hemos definido al principio de este
artículo.
b.- Pensar prioritariamente en los aportes mediante los cuales podamos,
cada uno de los integrantes, contribuir al éxito común.
Lo demás, bueno, todo lo demás llega por añadidura.
(*) Este artículo fue publicado en la revista “Visión Humana”, de Panamá, en su edición del mes de mayo de 2007.”
Así como en el mundo empresarial está avanzando a pasos agigantados el trasiego del gerente basado en el modelo mando-control, hacia el lider coach, así también transcurre la fuerte tendencia desde el trabajo por compartimentos estancos, hacia la tarea grupal, el trabajo en equipo.
En el marketing de redes, que es mi especialidad, el trabajo en equipo es algo tácito, innecesario de explicar porque es la esencia misma del sistema de comunicación, enseñanza y acción dirigida a producir resultados. A priori deben respetarse algunos valores fundamentales para que un grupo de personas se convierta en un verdadero equipo:
1.-El valor de la dignidad: Es necesario reconocer y proclamar la dignidad de cada uno de los individuos con los cuales, de uno u otro modo, uno deberá relacionarse. Dignidad que no es solo la bella palabra con la que suelen hacerse discursos políticos, sino que fundamentalmente, es el conjunto de conductas y comportamientos que reconocen que no hay nada más digno de aprecio y respeto que cada una de las personas que conforman el escenario grupal, cualquiera fuere su nivel.
2.-El valor de la consideración: Es un valor que nace del convencimiento que las otras personas son seres con necesidades y deseos, tanto o más frágiles que nosotros. Consideración que debe llevarnos a ponernos, cuando sea preciso, en el lugar del otro y tratar de sentir lo que el otro siente. Este valor es muy importante cuando surgen las naturales disidencias, ayudando a eliminar la hostilidad, agresividad y la virulencia verbal en las relaciones sociales. Decía Ghandi que “si cada enemigo se pusiese tan solo diez minutos en los zapatos del otro, no existirían las guerras”.
3.- El valor de la tolerancia: Este valor supone apertura y un mínimo de generosidad. Es el reconocimiento y la valoración de las diferencias individuales, de la riqueza en la inteligencia de los diferentes. Toda la naturaleza nos demuestra del modo más elocuente, que su complejo equilibrio (que no siempre el hombre respeta) y el éxito de la supervivencia, radica en la integración de una variedad de elementos muy diferentes pero cooperativos. El éxito de un equipo depende, en gran medida, de su capacidad para alentar la expresión de las diferencias individuales y para descubrir, creativamente, los modos en que éstas pueden enriquecer el trabajo y los resultados comunes.
4.- El valor de la responsabilidad: Debe incluirse una aguda conciencia de compromiso, responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a todas aquellas personas que estarán siendo afectadas – sin lugar a dudas – por nuestras conductas, comportamientos o decisiones. El entramado que forma un grupo social con pretensiones de convertirse en un equipo, debe ser sustentado por la responsabilidad y compromiso individuales, trabajando a favor de la causa común. De otra manera, sin compromiso ni responsabilidad, el grupo no pasará de ser un mero conjunto de personas…sin llegar a ser un equipo.
Louis Binstock, un rabino de la ciudad de Chicago, contaba una historia conmovedora relacionada con la cooperación fraternal para alcanzar logros.
Allá por el siglo XV vivía en una pequeña aldea cercana a la ciudad de Nuremberg una numerosa familia que tenía 18 hijos. A pesar de las dificultades que atravesaba para su subsistencia, dos de los hijos tenían un sueño: desarrollar su talento artístico aprendiendo artes plásticas. Después de muchas conversaciones, el padre y estos dos hijos llegaron a un acuerdo: uno de ellos trabajaría en las minas de la comarca y con sus ingresos sostendría los estudios de su hermano en la Academia. Luego, cuando su hermano hubiera concluido su formación, mantendría los estudios del anterior, con la venta de sus obras artísticas, o trabajando en las minas si fuese necesario. Lanzaron una moneda al aire y Albrecht Durer fue el ganador, mientras que su hermano Albert tuvo que bajar a las peligrosas minas, y durante los siguientes cuatro años sostuvo los estudios de su hermano.
Los aguafuertes, grabados y óleos de Albrecht Durer eran realmente muy buenos y apreciados, y cuando se graduó en la Academia ya estaba en condiciones de venderlos y sostener los estudios de Albert. Cuando el exitoso artista regresó a su aldea hubo una gran fiesta familiar, Albrecht realizó un brindis por su hermano y concluyó: “Ahora Albert, bendito hermano, te toca a ti; podrás ir a la Academia en Nuremberg a realizar tu sueño, que yo me ocuparé de ti”. Todas las cabezas se volvieron hacia donde estaba Albert, y éste, sollozando, se puso de pie diciendo: “No hermano. No puedo. Es demasiado tarde para mi. ¡Mira lo que cuatro años en las minas han hecho de mis manos!”. Los huesos de cada dedo aplastados y un temblor que ni siquiera le permitía sostener un vaso de agua en sus manos, sus dedos flacos y su piel arrugada, fueron la respuesta.
Han pasado casi quinientos años, cientos de obras han sido creadas con singular maestría por Albrecht Durer (1471-1520): Los cuatro jinetes del Apocalipsis; El caballero, la muerte y el diablo; San Jerónimo en su retiro; retratos, bocetos al carbón, grabados en madera se exhiben en los grandes museos del mundo, pero ninguna obra se dibujó tan magistralmente ni trasmite tanta fuerza como la que dedicó a su hermano, dibujando sus maltrechas manos, con las palmas juntas y sus delgados dedos apuntando hacia el cielo. Llamó a esa pintura simplemente “Manos”. Y hoy todos los entendidos del mundo observan fascinados esa gran obra maestra, pero no muchos conocen la verdadera historia sobre la cual se inspiró.
Damos por supuesto que no es necesario pasar por tan tremenda experiencia para contribuir a la formación de un equipo, pero quise incluir ese admirable y emotivo relato, para que sirva de inspiración a quienes aspiremos a formar un verdadero equipo de trabajo.
Siempre será preciso, en esos casos, hacer la contribución de nuestro aporte, y sostener un elevado grado de compromiso personal y grupal, para poder a nuestra vez favorecernos de los conocimientos de cada integrante del equipo, y la contribución individual que pueda hacer cada miembro del grupo.
El espíritu de equipo es lo que da a muchas compañías una enorme ventaja sobre sus competidoras; en realidad, puede ser la diferencia entre el éxito y el más estrepitoso de los fracasos. Una vez obtenido el consenso previo para caminar en dirección a una visión compartida, los resultados de una tarea grupal con respecto al sistema de “compartimentos estancos”, en algunos casos serán de una efectividad sorprendente.
Finalmente, dos aspectos son esenciales y deben ser tenidos muy en cuenta para que el equipo direccione sus energías en una fuerza sinérgica, mediante la cual se obtengan resultados genuinamente exitosos:
a.- Preservar y cultivar los valores que hemos definido al principio de este
artículo.
b.- Pensar prioritariamente en los aportes mediante los cuales podamos,
cada uno de los integrantes, contribuir al éxito común.
Lo demás, bueno, todo lo demás llega por añadidura.
(*) Este artículo fue publicado en la revista “Visión Humana”, de Panamá, en su edición del mes de mayo de 2007.”

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